Antonio y José viven hoy en el albergue indígena Pintolândia, en Boa Vista, bajo la gestión de la Fraternidad – Federación Humanitaria Internacional (FFHI), y nos cuentan sus difíciles trayectorias hasta que llegaron a Brasil y sus luchas por criar a sus hijos. Pero hoy, Día del Padre, nos hablan, sobre todo, del amor, el cuidado, el respeto y el sueño de dar a los niños una vida mejor.

Antonio

ANTONIO

“Fui fuerte y me enfrenté al mundo para criar a mis hijos”

Antonio,  indígena Warao, tiene 50 años, pero solo pudo estudiar hasta los 14. “Mi familia era muy pobre, yo no podía estudiar más que eso”, relata. Pudo haber sido abogado o médico, dice, pero convirtió ese deseo en el sueño que tiene de ver a sus hijos graduarse en alguna universidad.

Sus palabras demuestran un trayecto basado en el camino de la etnia Warao: trabajo y lucha. “Fui un padre joven, fuerte y enfrenté al mundo para criar a mis hijos. En la cultura Warao, los lazos de aprendizaje entre padre e hijo son muy fuertes. Mi experiencia es mantener a mis hijos con trabajo y lucha. Sigo luchando, luchando duro”.

Lo que no imaginaba es que quizás la formación de sus hijos se realizará en Brasil y no en su país de origen. La crisis económica y política en Venezuela impone una situación de vida precaria a estos pueblos originarios, obligándolos a buscar refugio en otros países. Antonio es uno entre miles, que viajaron muchas horas, mal alojado y durmiendo mal, hacia un país que habla otro idioma, lleno de incertidumbres, pero que simbolizaba la posibilidad de una vida más digna.

Esta búsqueda acarreó nuevos desafíos cuando se establecieron en Boa Vista, Roraima. “Abandonamos nuestra tierra, nuestros hogares y nuestros hijos dejaron la escuela. Es otro idioma, otra cultura. Somos extranjeros en Brasil”, dice.

Para él, el estudio posibilitará a sus hijos lo que él definió como un “buen camino” en medio de las dificultades que impone ser un indígena refugiado en otro país, una condición de doble vulnerabilidad. “Les digo a mis hijos: ‘estudien, no tengan hijos muy jóvenes’. Siempre utilizo mi ejemplo, que tuve que trabajar desde muy joven. A menudo somos discriminados, así que también tenemos que lidiar con eso”.

Pero las enseñanzas de Antonio a sus hijos no se limitan a la mera supervivencia en un entorno marcado por la segregación. El respeto por los mayores y el cuidado de los más pequeños son enseñanzas que aprendió temprano, cuando tuvo su primer hijo, y tiene la tarea de transmitirlas.

Hoy, ya abuelo, también asesora a sus hijos en la crianza de sus nietos. Para él, en una familia real no hay lugar para la violencia. “Digo que los niños son amigos, nunca enemigos. También debe tratar a su esposa con respeto. Mucha gente no valora a las mujeres, que hacen tanto, y las agreden; esto no se debe hacer”, afirma.

Son los principios de la fraternidad los que guían los pasos de los padres. “Lo que me enseñaron, yo también les enseñaré, para que puedan tener una vida sana, buena y compartida con los demás. Si tienen eso, les irá bien en cualquier parte del mundo.

José

Padre en Warao es Dima, “una palabra hermosa y amable”

José, de 42 años y padre de seis hijos, enseña que la palabra padre, en warao, es ‘Dima’, y la define como “una palabra hermosa y amable”.

Para él, los padres y las madres son un símbolo del principio de la naturaleza y por eso le debemos mucho respeto a estas figuras. “Nunca podemos olvidar al padre y la madre”, dice.

José tuvo que adaptarse a la necesidad de cambio incluso antes de llegar a Brasil. Como muchos indígenas Warao, tomó la decisión de dejar su comunidad e irse a la ciudad. “Un lugar donde pudiéramos entender y hablar bien el español. Nadie en la comunidad se fue nunca, así que mis padres y yo fuimos en busca de educación, para hablar con nuestros compañeros, con los profesores”.

Hoy José habla muy bien el español, pero al igual que sus padres también tuvo que llevar a sus hijos a aprender otro idioma: esta vez, el portugués. Al llegar a Boa Vista, una de sus hijas enfermó y tuvo que ser ingresada en el Hospital de Niños durante nueve meses. Estaba desnutrida y tenía otros problemas, resultado de una intensa trayectoria en busca de refugio en otro país.

Ahora tiene esperanzas en la vida mejor que pueden alcanzar sus hijos: “Yo soy su camino, me seguirán y me superarán, serán más profesionales”, narra.

Padres, indígenas y refugiados, Antonio y José son ejemplos de fuerza y ​​determinación. Aun con tantos desafíos, persisten, con esperanza, en el cuidado amoroso y fraterno de sus hijos, sus familias y la cultura de su pueblo.

Feliz Día del Padre